viernes, 5 de junio de 2009

"La del acento Francés"

Un día en el Centro de Santiago donde los árboles flameaban, y el cielo se mimetizaba entre sus ojos, era un día más entre las veredas olvidadas del parque forestal ella me miraba, yo la miraba a ella, nos sonreíamos sin motivo alguno, ella no quería decirme nada, el miedo me invadía una vez más.

Comenzaré a narrar lo que Lucía hizo con mi día y con mi vida.

Cómo todos los días sábados esperaba en Metro Estación Bellas Artes a Lucía esa chiquilla, la de los ojos bonitos, no podía ser otra estación a ella le gustaba esa y a mi ella me tenía loco, debo acotar que esa estación ya era parte de mi vida, desde chico corría por el Parque Forestal con mis padres y ya lo conocía como la palma de mi mano aquella donde la gente habla con voz intelectual aunque no lo sea, aquella estación donde hay artistas “shuer locos” que se ganan la vida con lo que ellos saben hacer, pero bueno no quiero irme hacia otro lado escribo esto para hablarles de Lucía.

Lucía, la del acento Francés, la chiquilla risueña de actitud cortés, la chiquilla con ojos delicadamente delineados con unas pestañas largas y con anteojos intimidantes, yo ya me había enamorado, pero ella no podía saberlo.
Eran las 18.28 pm., ella no llegaba, una vez más ocurría lo mismo, tenía miedo a no verla, ¡Hoy necesitaba verla!, mi cobardía me envolvía una vez más.

Toda la gente me miraba, pero no podía hacer nada Lucía tenía que llegar, aunque dudaba si finalmente llegase, la había citado a las 18.00 horas, reconozco que no hay cosa que me moleste más que la impuntualidad y la irresponsabilidad, pero era Lucía yo tenía que esperarla.

18.48 pm. Llega por favor llega (pensaba).
19.35 pm. ¡La vi! venía subiendo la escala hacía la dirección de salida, me miró, me abrazó y se derritió en disculpas, si hubiese sabido que la habría esperado toda mi vida quizás se habría demorado más.
Salimos de la estación que por sobre todo estaba muy sofocante y caminamos tranquilamente por sobre el Museo Bellas Artes, yo quería entrar pero Lucía había llegado muy tarde, las puertas estaban cerradas.

Seguimos caminando, hasta que llegamos a La Calle Merced, la calle famosa de los Cafés Turísticos, yo la invité a pasar por uno, nos sentamos, nos sirvieron el café y me empezó a comentar su día, empezando por que había sido muy cansador su día laboral, tuvo que hacer horas extras porque su sueldo y el de sus colegas cada vez estaba más bajo.
Lucía era una mujer tan encantadora que en ese momento no me importaba el café, ni el parque forestal, ni de lo que ella me hablaba, yo prefería mirarla, yo tan sólo quería envolverme en su piel blanca, Lucía no podía ser más perfecta.

Eran las 20.15 hrs. Lucía miró su reloj y dijo que se debía ir, era tarde y estaba agotada, pero con un poco de esfuerzo conseguí que se quedara media hora más, nos levantamos y me invitó a caminar hacía el barrio “Lastarrias”, ella me encantaba, sabía tanto de la fantasía de los libros que cuando me hablaba de uno sentía que era real lo que me estaba contando, su voz era tan suave como su piel, ella me hacía soñar despierto.

Eran las 21.00 horas, sonó su teléfono celular y la expresión de su cara cambió rotundamente, dijo que debía irse, me dio una y mil excusas, yo tenía miedo de que el día no le hubiese gustado, pero ella seguía, insistía que debía irse.

Me tomó de la mano y caminamos justos hacia el metro, se me subió el calor a la cara cuando hizo eso, como que en ese momento miraba hacia cualquier otra parte, su mano era tan suave, tan tersa y delgada que no la quería dejar ir nunca más.
De un momento para otro Lucía me abrazó fuertemente, y lloraba sin compasión, yo solo tendía a acariciar su espalda rendida en mi pecho, Lucía no me decía nada, me pasó un papel con su dirección y me dijo que fuera a su casa el día Martes, que ella estaría de mejor ánimo y que sería mejor día para conversar tranquilos.
Ella se fue, y yo me quedé ahí, como el tonto que soy, pensando en “Qué habré hecho mal”, y me fui de nuevo al Parque en ese momento quería sacármela de la cabeza aunque lo único que hacía era pensar en ella, “¡Lucía, que me hiciste, Lucía porque me haces esto, Lucía porque no me hablas, Lucía porque no me dices que te pasa, Lucía Videla yo te amo!”.
Y así pasaron los días, lo único que quería era que fuese martes, no aguantaba no verla, era lunes por la noche y en mi cama pensaba en ella, esa noche no pude dormir.
Eran las 06.00 AM. Me levanté rápidamente, me duche y me fui a trabajar, fue un día con horas tan lentas, es que solo podía pensar en mi Lucía que por sobre todo me había dejado muy preocupado.
Eran ya las 15.00 horas, ya había cumplido mi horario laboral en la empresa en la que trabajaba tomé rápidamente el micro me bajé en Los Leones con Pedro de Valdivia, ya había llegado, mis manos sudaban y mi voz se escondía tan dentro de mi boca que en un momento pensé que ya no tenía cuerdas vocales.
La puerta de su casa estaba semi-abierta dudé en abrirla o simplemente tocar el timbre que fue lo que finalmente hice pero nadie me atendió así que decidí entrar “Hola, Luciita ojitos de miel, estás en casa?, soy Franco” nadie me respondía, de un de repente al fondo de la casa que al parecer era su dormitorio escucho llorar a Lucía y me dice que me vaya que no quería verme, asustado le grité que me dejara entrar que quería ayudarla Lucía no quería verme y me grito fuertemente “¡andate!.
Minutos más tarde me fui, no quería invadir su espacio, tenía miedo de perderla, (perder qué, si ni siquiera había sido mía pero así la sentía) una vez más me sentía un tonto, un ridículo, un estúpido enamorado, ella no me amaba, pero… ¿qué le pasaba realmente a ella? ¿Qué le hice? ¿Qué hice mal?, ¿Qué pasó la vez anterior en el parque forestal cuando se fue repentinamente, y lloró desconsoladamente en mi pecho? Me devolví entre a su casa, a su dormitorio y ahí estaba ella, dormía en el suelo o al menos eso creía yo, la miré y le dije “Lucía, si no me cuentas que te ocurre te juro que no te vendré a ver nunca más yo quiero ayudarte para eso estoy aquí”, le hablé, le hablé y le hablé, la toqué, la moví fuertemente, ¡DESESPERADAMENTE! ella no estaba viva, mi mente quedó en blanco, “¿Lucía muerta?”no no no, es mentira yo sé que es mentira, se me pasaron mil pensamientos en mi cabeza, yo tiritaba, no me reconocía, me largué a llorar como nunca antes lo hice, nunca antes me sentí más animal (ahora que lo pienso en ese momento no era Franco Campos)
Lucía no respiraba, Lucía dormía y su corazón no latía, su mano delgada y tersa ya no apretaba mis dedos como “esa vez”, Lucía, Lucía, ya no estaba, Lucía no respiraba, Lucía ya no me miraba Lucía caía envuelta en somníferos y ahí entró mi culpa “¡¿Porqué no me quedé con ella cuando me dijo que me fuera!?, ¡Lucía, Lucía de mi vida porqué te fuiste!, ¡Lucía, Lucía que te pasó?, ¡LUCIA! Detrás de esos ojos de mirada suave, de infantil silencio, Lucía ¿Quién te mató las ganas de vivir?, Lucía jamás te perdonaré que me hayas dejado con el corazón entre las manos.
Eso pensé cuando la vi ahí, no sé porqué estoy publicando esto porque cada vez que lo pienso (debo reconocer que son todos los días) no aguanto las ganas de besarla, de tocarla, pero Lucía ya no está.
Han pasado 2 años desde su muerte, desde que ya no puedo vivir, desde que tengo dudas en mi mente que nunca resolví, que mi corazón vacío ronda por la ciudad. Desde hace 2 años que nunca más volví a pisar el Parque Forestal, que nunca más anduve en metro, que nunca más tomé café, que le tomé un gran rechazo a las citas y por sobre todo nunca más quise dormir.

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